RoboCop; lo políticamente correcto

¿De verdad es necesario que cuente el argumento de esta película? No, ¿no? Desde luego que no. Y es que si alguien no sabe de qué va RoboCop, es indigno de pasearse por estas líneas. Es broma, aquí os aceptamos a todos. Este film daría para muchos comentarios y muchas páginas. Es una de esas películas que realmente dan sentido a la ciencia ficción, entendiendo por tal el género cinematográfico de la especulación racional, y que no sólo se permite elucubrar sobre el futuro sino que además acierta. Según la todopoderosa Wikipedia, en RoboCop se tratan temas diversos como la manipulación mediática, la gentrificación (curioso concepto), el capitalismo, la naturaleza humana,… Nosotros nos quedaremos con la corrupción.

No obstante, ahora no os indignéis, nuestros queridos y snobs filawsofienses, imaginando que vamos a seguir trillando el tema como se ha hecho hasta hoy. No vamos a hablar de sobres, sobornos ni políticos, tranquilos. Vamos a planear sobre otra vertiente de la corrupción, la de la moral social. ¿Y es que acaso la pregunta más inminente al salir de la sala de cine no sería “podría existir RoboCop en nuestro mundo”?

Algún filaw-listillo dirá: “eso dependerá del estado de la ciencia”. Cierto, pero cuando hablamos de poder (esto merece un inciso lingüístico) debemos elogiar la superioridad del lenguaje germano sobre el español (sólo en este aspecto concreto, en muchos otros les damos una lección) al hacer aquél la distinción entre kann y darf. “¿Puedes invitarme a un café?”, “Poder puedo (kann), pero no tengo obligación de hacerlo (darf)”. Pues eso, no nos referimos a que RoboCop pueda existir de facto, sino si un ente como ese sería compatible con una sociedad como esta (musicalmente, encontrarnos con un policía así sería algo así como el “¿qué hace una chica como tu en un sitio como este?”).

De los 121 minutos de duración, pongamos que con los últimos 21 tiene tiempo de sobra para eliminar de un plumazo, por decirlo suavemente, la corrupción existente en su departamento de policía y en parte del estamento gubernamental de su área. Increíble cuanto menos. ¿De verdad creemos que un proyecto así sería plausible? ¿Aceptaría la clase política someterse a semejante escrutinio? ¿Lo aceptaríamos los ciudadanos? Quizá no fuéramos capaces, como sociedad, de aceptar una realidad así (en el caso de que verdaderamente hubiera corrupción en nuestro sistema, cosa que no afirmamos). Personalmente, parece que algo así no sería viable.

De lo anterior, surgen otras dos cuestiones no menos polémicas: en primer lugar, ¿cuál es el alcance del concepto “corrupción”? Por otro lado, el hecho de poder resolver rápidamente cualquier caso, ¿legitimaría tamaña intromisión en nuestra intimidad? Respecto de la primera cuestión, el Código Penal español ofrece dos opciones: (i) la corrupción entre particulares, prevista en el reciente artículo 286.bis, que la define como “un beneficio o ventaja de cualquier naturaleza no justificados para que le favorezca a él o a un tercero frente a otros” y (ii) el cohecho, del artículo 419 del mismo Código, que frena al funcionario público de “que, en provecho propio o de un tercero, recibiere o solicitare, por sí o por persona interpuesta, dádiva, favor o retribución de cualquier clase o aceptare ofrecimiento o promesa para realizar en el ejercicio de su cargo un acto contrario a los deberes inherentes al mismo o para no realizar o retrasar injustificadamente el que debiera practicar“. En otras palabras, en la corrupción subyace la idea de no hacer lo que es debido. Pero lo que le es debido al cargo. Según qué postura iusfilosófica adoptemos, los límites serán cada vez más difusos. Desde un punto de vista utilitarista, especialmente. En ocasiones, hacer lo que es debido consiste en ensuciarse las manos desde un punto de vista moral para conseguir beneficios largoplacistas. No es que el fin justifique siempre los medios, pero sí los justifica a veces. Es muy sencillo afirmar que cierto contrato no hubiera debido celebrarse o que cierto beneficio no se debería haber concedido, pero a veces debe reconocerse la utilidad de dicha actuación, por torticera que parezca prima facie. Acogiéndonos a una filosofía más kantiana, un pensamiento que a veces resulta muy idílico pero a la vez muy inocente, sería fácil discernir lo bueno de lo malo y se podrían enjuiciar fácilmente aquellas conductas moralmente reprobables. Sin embargo, si ponemos los pies sobre la tierra, podrá ser complicado no entender que hacer lo debido y buscar el máximo beneficio para el mayor número de personas no sean conceptos que viajen cogidos de la mano. Según esto, ¿qué es hacer lo debido y hasta dónde lo podemos legitimar? Hay situaciones en las que puede existir un interés general al que la manera más fácil de llegar sea a través de la satisfacción de otros beneficios mucho más particulares, ¿no quedaría en esos casos justificado? Una actuación así podría considerarse o bien muy estratega o bien muy deshonrosa; el problema está en que raramente se procede realmente en pro de un bien común.

Por lo que respecta al segundo punto, la inmiscusión en nuestra vida íntima, cualquier opinión que se pueda ofrecer no dejará de ser nunca una opinión personal. Cada uno deberá ponderar (sí, deberá, porque es hacia ese debate hacia donde nos conducen las nuevas tecnologías) diferentes criterios morales para decidir su punto de vista. ¿Prefiero vivir en un mundo seguro pero hipercontrolado o en uno sin tanta vigilancia pero con menos seguridad? ¿Libertad o seguridad? Probablemente cuál sea nuestra concepción sobre la naturaleza del ser humano haga decantar nuestra balanza moral hacia uno u otro lado. ¡Pero tranquilos! Lo genial de la democracia es que nos permite delegar en otros la tarea de pensar. Sólo nos queda sentarnos a esperar mientras la televisión nos llena cualquier otro vacío emocional.

En conclusión, RoboCop sería paradójicamente un ser políticamente incorrecto por ser demasiado políticamente correcto, ya que parece que todos queremos justicia, pero que en lo más profundo de nosotros reside una gran parte de injusticia. Por ello la mítica frase “quien esté libre de pecados que tire la primera piedra“. En este sentido, os enlazamos aquí un artículo interesante de otro blog sobre por qué tenemos lo que tenemos, cosa que viene muy a cuento con la corrupción y la política. ¡Sed felices!

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Harrison Bergeron; la distopía de la igualdad

Anoche, mientras saboreaba una cerveza de esas que nos inspiran y nos guían en el camino de la verdad absoluta, un compañero de promoción y proyecto de juez me enseñó un concepto nuevo para mi: la distopía. Y es que en mi infinita inocencia, creía que al pensar en el futuro, la única vía era la optimista.

Resulta que no, amigos. Estaba equivocado. Y es que a veces el porvenir no es tan esperanzador como quisiéramos. Hoy, como homenaje al día de la mujer trabajadora y al derecho a la igualdad, vamos a comentar “Harrison Bergeron“, novela distópica de Kurt Vonnegut, escritor y pacifista estadounidense que narra una sociedad de igualdad total y totalitaria. ¿Qué es igualdad y cuánto la debemos proteger?

Harrison Bergeron, quien da nombre a la novela, es un hombre alto, fornido, guapo y sumamente inteligente. Es decir, la envidia de todo hombre y el deseo de toda mujer. ¿Su delito? Precisamente eso, su inmerecida superioridad. El relato nos sitúa en el 2081 y el mundo se despierta tras una época de oscurantismo, donde el denominado darwinismo social había colapsado el sistema, dejando paso a un sistema totalmente opuesto, en el que no se premia al mejor, porque todos son iguales. ¿Cómo? Pues esa es la labor de la Agencia de Impedidos: basándose en un concepto de persona normal, impide que aquellos que están por encima de los estándares destaquen (con pitidos en el cerebro para que los más inteligentes no piensen demasiado, o cadenas y lastres en el cuerpo para que los más fuertes no corran más).

“¡Qué vida más anodina, aburrida e insulsa que deben llevar los ciudadanos de ese mundo!”, diréis. Y sí, debe serlo… pero el problema que subyace es más gordo que eso. El señor Vonnegut fue consciente de algo que nos suele pasar inadvertido a muchos: cuando nos llenamos la boca con la igualdad, ¿a cuál de sus vertientes nos referimos: de oportunidades o de condiciones? Es muy loable afirmar que todos debemos tener las mismas posibilidades de conseguir nuestras metas, ¿pero a qué precio? Supongamos que las universidades reservasen, como lo hacen en los EE.UU., una cuota de acceso a alumnos provenientes de minorías étnicas o raciales. Jóvenes que no han tenido los mismos medios para estudiar y desarrollarse que otros de su misma edad criados en barrios pudientes, a los que por tanto, para compensar esa falta se les exige una nota de corte más baja y, además, se les garantiza un puesto. Es decir, el chaval del Bronx que lleva una media de 6, estadísticamente entrará en la facultad antes que un chico de Manhattan con una media de 7 (son estadísticas inventadas para reflejar el caso). Desde el punto de vista de nuestro primer sujeto, esto es justo y no discriminatorio (sí lo es, pero como es discriminación positiva, queda justificado). Pero para el otro estudiante, que ha hecho un buen papel sacando una nota más alta que el chico del Bronx… ¿Será igualmente justo?

Al premiar a ciertos colectivos con una protección extra, se están responsabilizando de ello a otras personas ajenas, hasta cierto punto, de la situación de aquéllos. ¿Acaso tiene alguna culpa el joven de la gran manzana por haber nacido en ella? No, igual que tampoco la tiene el otro por haber nacido en el Bronx. El problema es que en ocasiones el derecho confunde las oportunidades con las condiciones y crea una laguna de justicia, pues ambas situaciones parecen justas e injustas a la vez. Es decir, ambos estudiantes deben tener las mismas oportunidades de llegar a la Universidad que desean: ambos deberán estudiar duro. Sin embargo, ¿debemos forzarlos a estar en las mismas condiciones? En este caso, hemos supuesto que las condiciones eran distintas en tanto que económicamente les separaba un mundo… No obstante, ¿qué pasa cuando estas condiciones son aún más innatas que el lugar donde nacemos? ¿Sería justo que una persona con una inteligencia por encima de la media fuera desplazado en favor de otro con limitaciones en el entendimiento?

El problema radica en la tensión entre igualdad y libertad, sobre todo cuando es la primera que se come a la segunda. Es justo entender que ese llamado darwinismo social no es la solución más apropiada, pues un libertarismo tan absoluto conduce a grandes males. Pero lo contrario, perseguir el sueño utópico de que todos debemos ser iguales en oportunidades así como en condiciones, nos lleva a un resultado igualmente desastroso. Así, proteger a aquellos colectivos que se presumen en inferioridad no debe conllevar a la imposibilidad de que el resto de personas se desarrollen con plena libertad e igualdad. Si no, podríamos estar encaminándonos a una situación en la que el premio sería para el mediocre.

Un ciudadano ejemplar; un castigo ejemplar

Esta película co-protagonizada por el espartano Gerard Butler y el desencadenado Jamie Foxx narra la triste historia de un hombre que, tras sufrir la pérdida de mujer e hija a manos de dos ladrones de poca monta, lo único que busca en su vida es justicia… ¿O tal vez sólo venganza? Butler, ex fuerzas especiales americano, sigue con atención el juicio a ambos susodichos, un proceso torticero y con un final demasiado suave para quien ha visto con impotencia cómo le arrebataban el último suspiro de sus seres más queridos.

Total, que Leónidas aúlla por su dolor y jura venganza contra los criminales y el sistema que los liberó. Y, como lo prometido es deuda, empieza a eliminar a todos y cada uno de los involucrados en el proceso con el objetivo de destruir algo que, por su corrupción, ya no era susceptible de ser considerado Poder Judicial.

La primera cuestión que me viene a la cabeza es la de si realmente nuestros tribunales están tan desprestigiados como se insinúa. ¿Rige, como se supone, el principio de independencia judicial? En cualquier caso, ¿cómo se conjuga éste con la figura del indulto? ¿Hasta qué punto somos todos iguales ante la Ley? Me pregunto, por ejemplo, si condenar a alguien como la Infanta sería posible y, en su caso, cómo afectaría esto al conjunto del Estado y a sus instituciones. Igualmente, ¿cómo podemos confiar en un poder no independiente, a diferencia de lo que promulgaron Montesquieu, Locke, etc., sino sometido a presiones del Poder Ejecutivo a través del Tribunal Constitucional (que, en definitiva, impone lo que es correcto y lo que no en Derecho) y del Consejo General del Poder Judicial, entre muchas otras?

Hay otro aspecto que me preocupa igual o más que el anterior y que trataré de resumir. Tiene que ver con la disociación entre Derecho Natural (según la época histórica, Derecho Divino) y Positivo. En síntesis, el Natural es aquella entelequia a la que llegamos como seres morales, y el Positivo son únicamente las normas traspuestas al ordenamiento jurídico (obviamente, el Derecho Natural tiende a positivizarse, y como gran ejemplo tenemos la Carta de Derechos Humanos). Para el personaje de Gerard Butler, la justicia hubiese consistido en la pena de muerte, solución factible en los Estados Unidos. En contra de ésta (que por cierto viene muy a colación debido a la próxima modificación de nuestro Código Penal español, con la que presumiblemente se introducirá la Cadena Perpétua Revisable), mucha gente habla del famoso derecho a la vida, que no es más que un derecho moral o natural, argumentando que el Estado debe proteger a sus ciudadanos ante todo, negándosele toda capacidad de ejercer violencia o matar a quienes viven en él. Posición que, aunque lógica, se respalda completamente en un deber ser que puede interpretarse de mil formas distintas. Gerard Butler desafía este sentir colectivo con uno mucho más profundo y humano: la ley del Talión. Un ejercicio muy importante que deberíamos hacer ahora sería reflexionar con nuestro fuero más interno, ponernos en la situación que aquí se describe, y pensar qué sería para nosotros justicia: ¿unos años de cárcel o la vida? ¿Perdonamos, o hay cosas que no se pueden olvidar? Entonces, ¿por qué algunos Estados, al erigir su potestad punitiva, deciden dejar de lado este sentimiento tan humano por proteger otro derecho tan ideal? La respuesta más sencilla consiste en argumentar que el Estado, a través del Derecho, debe ser ‘superior’ a la comunidad que protege. Por ello, la pregunta a la que no encuentro respuesta es si resulta que somos una sociedad hipócrita (“yo lo haría, pero de cara a los demás digo lo contrario y por eso niego que el Estado pueda matar”), o si bien el Estado garante está de facto por encima de nuestra razón moral.

En la Facultad de Derecho hemos debatido recientemente dos autores contemporáneos que han intentado aunar en un sólo concepto positivista las implicaciones de la moral social: son Hart y Füller. El primero, habla de un contenido mínimo de Derecho Natural dentro del Positivo en el momento de su creación. Es interesante porque, a partir de la asunción de que todo ser viviente tiende a la supervivencia, podremos definir lo que es bueno o malo según la asegure o no. El segundo, por su parte, habla de una moralidad interna del Derecho, creyendo que el sistema será justo en tanto asegure ocho elementos para él determinantes (generalidad, claridad, irretroactividad, coherencia, publicidad, posibilidad de cumplimiento, estabilidad de las normas y congruencia entre las normas y su aplicación). Más allá de esto, sería iluso y hasta peligroso concebir hoy en día la influencia moral en el derecho con una graduación superior a la que proponen estos filósofos. Esto nos sitúa en otra encrucijada: ¿cómo limitar la influencia de conceptos morales en el entendimiento de la justicia? Seguramente ello sea imposible, aunque muchos han trabajado en este campo. O visto de otra forma, ¿cómo definimos y concretamos estos conceptos etéreos? Todos tenemos derecho a la vida, pero, ¿hasta qué punto? Por ejemplo, tras un naufragio, ¿sería legítimo que, con base en la supervivencia, uno de los del bote salvavidas, el más débil, fuera sacrificado en pro del resto de la tripulación? Situaciones en las que se pone en duda esta afirmación absoluta hay muchas y, aunque no nos atrevemos a poner unos límites, está claro que no debemos tomarnos el como si como una verdad sine qua non.

 

 

 

 

 

Mazinger Z: El Leviathan.

Conocido por su célebre cita “homo homini lupus“, el hombre es un lobo para el hombre, adaptada  de la obra del comediógrafo latino Tito Maccio Plauto, Asinaria, el inglés Thomas Hobbes es el padre del Estado Moderno, así como también se le atribuye ser el iniciador, aunque tal vez inconscientemente, de la corriente filosófica utilitarista. Mientras el mundo se consumía en una lucha entre dos grandes poderes, uno terrenal y otro divino, el Rey contra el Papa, este filósofo engendró una bestia marina de siete cabezas capaz de derrocar a ambos y aunar sendos poderes en ella misma. Por eso, en la portada de su obra cúspide, el Leviathan, aparece un hombre gigante con un cetro papal en una mano y una espada real en la otra.

En la versión extendida de la canción inicial de Mazinger Z se dicen dos frases muy interesantes: “puede controlar la paz” y “el robot que hace justicia“. El robot mecánico Mazinger Z podría ser, de alguna manera, ese Leviathan: un ente con un poder suficiente para poder imponer un sistema y hacerlo cumplir. Esta es una idea muy simple, criticada y mejorada en muchas ocasiones, pero de cualquier manera, revolucionaria para su época y hasta cierto punto vigente hoy en día. ¿Apoya un sistema tiránico? Eso es, seguro, mil veces mejor que vivir en un Estado de Naturaleza, sin leyes humanas ni ningún cuerpo capaz de imponer justicia, diría Hobbes.

Pero volvamos a esas dos frases de la canción. ¿Sería capaz un ser como Mazinger Z de imponer la paz? De no ser omnipresente, parece que no podría resolver todos y cada uno de los conflictos que se generasen. Además, si por paz entendemos hermandad y bondad los unos con los otros, parece que también sería irrealizable, en tanto que la gente sólo cesaría en sus actividades malignas por miedo, no por convicción. Sin embargo, si tenemos un territorio y una población y queremos instaurar un Gobierno para crear nuestro Estado, ¿sería alguien como Mazinger Z la mejor opción? Tal vez sí lo sea en un estadio inicial y primario de éste, pues todos lo obedecerían, pero ¿sería correcto afirmar que en fases posteriores, a medida que fuese evolucionando la sociedad, Mazinger Z quedaría obsoleto? ¿Por qué motivo desearía una sociedad querer someterse a un sistema distinto a este? Hoy día, el poder del Leviathan está desfasado, pero vemos cómo mientras buscamos esa libertad que, ab initio, no teníamos con un sistema autoritario, ésta se diluye entre partidos, políticos, burocracia y otros inventos distractorios.

En segundo lugar, ¿hace Mazinger Z justicia cada vez que destruye a los robots del Doctor Infierno y su séquito de hombrecillos? Para averiguarlo, deberíamos adentrarnos en el concepto de justicia, pero han habido tantas definiciones y sugerencias, que sería imposible reunirlas todas de manera no compleja en un texto tan corto. Por ello, me referiré a la justicia Aristotélica, que entiendo es a la que se hace referencia: “dar a cada uno lo que se merece”. ¿Que los robots malignos destruyen el mundo?, pues es justo destruirlos a ellos también. Así formuló Aristóteles en su Ética a Nicómaco la justicia correctiva. Este filósofo insertó en su concepto de justicia dos atributos necesarios para que ésta existiera: la alteridad y la igualdad. Es a través de esta segunda característica que Aristóteles formula dos de sus distintos conceptos de Justicia: la distributiva y la correctiva, una que regula las relaciones del individuo con la sociedad y otra que predica de las relaciones mantenidas entre los particulares. La segunda, que es la que viene al caso, se encuentra en “el justo medio entre la pérdida de uno y la ganancia de otro”. ¿Cuál es entonces ese justo medio?¿Puede llevarse ese concepto de igualdad extrema a la práctica?¿Serían justas las desigualdades creadas a partir de la igualdad?¿Y, por qué la relación del Estado con los individuos ha de estar en un plano distinto de la mantenida entre sus ciudadanos? La respuesta a la reacción de Mazinger Z frente a los demás robots parece justificarse en virtud de  esta justicia correctiva, no obstante uno se preguntará: si Mazinger Z es el Leviathan, a él se le debería aplicar la justicia distributiva, pues él es el Estado. Sin embargo, debemos tener en cuenta que cuando destruye a “los malos”, tiene con ellos una relación no de subordinación sino de equidad.

En conclusión, ni Mazinger Z ni el Leviathan serían, probablemente, bien recibidos en nuestra sociedad, a no ser que éstos estuvieran a su vez sometidos a un poder democrático y éstos quedaran relegados a una especie de cuerpo de vigilancia o policial que hiciera cumplir las sentencias de los tribunales, aunque entonces el alma, el sino de éstos quedaría completamente destruido. Por otro lado, aunque obviamente no serían capaces de hacer a la gente buena, sí que, indudablemente, podrían imponer su solución ante cualquier conflicto. A fin de cuentas, preferimos una ilusión de libertad en la toma de decisiones y la participación institucional a un gobierno que nos diga qué hacer, aunque sus soluciones fueren más justas que las nuestras.