Harrison Bergeron; la distopía de la igualdad

Anoche, mientras saboreaba una cerveza de esas que nos inspiran y nos guían en el camino de la verdad absoluta, un compañero de promoción y proyecto de juez me enseñó un concepto nuevo para mi: la distopía. Y es que en mi infinita inocencia, creía que al pensar en el futuro, la única vía era la optimista.

Resulta que no, amigos. Estaba equivocado. Y es que a veces el porvenir no es tan esperanzador como quisiéramos. Hoy, como homenaje al día de la mujer trabajadora y al derecho a la igualdad, vamos a comentar “Harrison Bergeron“, novela distópica de Kurt Vonnegut, escritor y pacifista estadounidense que narra una sociedad de igualdad total y totalitaria. ¿Qué es igualdad y cuánto la debemos proteger?

Harrison Bergeron, quien da nombre a la novela, es un hombre alto, fornido, guapo y sumamente inteligente. Es decir, la envidia de todo hombre y el deseo de toda mujer. ¿Su delito? Precisamente eso, su inmerecida superioridad. El relato nos sitúa en el 2081 y el mundo se despierta tras una época de oscurantismo, donde el denominado darwinismo social había colapsado el sistema, dejando paso a un sistema totalmente opuesto, en el que no se premia al mejor, porque todos son iguales. ¿Cómo? Pues esa es la labor de la Agencia de Impedidos: basándose en un concepto de persona normal, impide que aquellos que están por encima de los estándares destaquen (con pitidos en el cerebro para que los más inteligentes no piensen demasiado, o cadenas y lastres en el cuerpo para que los más fuertes no corran más).

“¡Qué vida más anodina, aburrida e insulsa que deben llevar los ciudadanos de ese mundo!”, diréis. Y sí, debe serlo… pero el problema que subyace es más gordo que eso. El señor Vonnegut fue consciente de algo que nos suele pasar inadvertido a muchos: cuando nos llenamos la boca con la igualdad, ¿a cuál de sus vertientes nos referimos: de oportunidades o de condiciones? Es muy loable afirmar que todos debemos tener las mismas posibilidades de conseguir nuestras metas, ¿pero a qué precio? Supongamos que las universidades reservasen, como lo hacen en los EE.UU., una cuota de acceso a alumnos provenientes de minorías étnicas o raciales. Jóvenes que no han tenido los mismos medios para estudiar y desarrollarse que otros de su misma edad criados en barrios pudientes, a los que por tanto, para compensar esa falta se les exige una nota de corte más baja y, además, se les garantiza un puesto. Es decir, el chaval del Bronx que lleva una media de 6, estadísticamente entrará en la facultad antes que un chico de Manhattan con una media de 7 (son estadísticas inventadas para reflejar el caso). Desde el punto de vista de nuestro primer sujeto, esto es justo y no discriminatorio (sí lo es, pero como es discriminación positiva, queda justificado). Pero para el otro estudiante, que ha hecho un buen papel sacando una nota más alta que el chico del Bronx… ¿Será igualmente justo?

Al premiar a ciertos colectivos con una protección extra, se están responsabilizando de ello a otras personas ajenas, hasta cierto punto, de la situación de aquéllos. ¿Acaso tiene alguna culpa el joven de la gran manzana por haber nacido en ella? No, igual que tampoco la tiene el otro por haber nacido en el Bronx. El problema es que en ocasiones el derecho confunde las oportunidades con las condiciones y crea una laguna de justicia, pues ambas situaciones parecen justas e injustas a la vez. Es decir, ambos estudiantes deben tener las mismas oportunidades de llegar a la Universidad que desean: ambos deberán estudiar duro. Sin embargo, ¿debemos forzarlos a estar en las mismas condiciones? En este caso, hemos supuesto que las condiciones eran distintas en tanto que económicamente les separaba un mundo… No obstante, ¿qué pasa cuando estas condiciones son aún más innatas que el lugar donde nacemos? ¿Sería justo que una persona con una inteligencia por encima de la media fuera desplazado en favor de otro con limitaciones en el entendimiento?

El problema radica en la tensión entre igualdad y libertad, sobre todo cuando es la primera que se come a la segunda. Es justo entender que ese llamado darwinismo social no es la solución más apropiada, pues un libertarismo tan absoluto conduce a grandes males. Pero lo contrario, perseguir el sueño utópico de que todos debemos ser iguales en oportunidades así como en condiciones, nos lleva a un resultado igualmente desastroso. Así, proteger a aquellos colectivos que se presumen en inferioridad no debe conllevar a la imposibilidad de que el resto de personas se desarrollen con plena libertad e igualdad. Si no, podríamos estar encaminándonos a una situación en la que el premio sería para el mediocre.

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