Un ciudadano ejemplar; un castigo ejemplar

Esta película co-protagonizada por el espartano Gerard Butler y el desencadenado Jamie Foxx narra la triste historia de un hombre que, tras sufrir la pérdida de mujer e hija a manos de dos ladrones de poca monta, lo único que busca en su vida es justicia… ¿O tal vez sólo venganza? Butler, ex fuerzas especiales americano, sigue con atención el juicio a ambos susodichos, un proceso torticero y con un final demasiado suave para quien ha visto con impotencia cómo le arrebataban el último suspiro de sus seres más queridos.

Total, que Leónidas aúlla por su dolor y jura venganza contra los criminales y el sistema que los liberó. Y, como lo prometido es deuda, empieza a eliminar a todos y cada uno de los involucrados en el proceso con el objetivo de destruir algo que, por su corrupción, ya no era susceptible de ser considerado Poder Judicial.

La primera cuestión que me viene a la cabeza es la de si realmente nuestros tribunales están tan desprestigiados como se insinúa. ¿Rige, como se supone, el principio de independencia judicial? En cualquier caso, ¿cómo se conjuga éste con la figura del indulto? ¿Hasta qué punto somos todos iguales ante la Ley? Me pregunto, por ejemplo, si condenar a alguien como la Infanta sería posible y, en su caso, cómo afectaría esto al conjunto del Estado y a sus instituciones. Igualmente, ¿cómo podemos confiar en un poder no independiente, a diferencia de lo que promulgaron Montesquieu, Locke, etc., sino sometido a presiones del Poder Ejecutivo a través del Tribunal Constitucional (que, en definitiva, impone lo que es correcto y lo que no en Derecho) y del Consejo General del Poder Judicial, entre muchas otras?

Hay otro aspecto que me preocupa igual o más que el anterior y que trataré de resumir. Tiene que ver con la disociación entre Derecho Natural (según la época histórica, Derecho Divino) y Positivo. En síntesis, el Natural es aquella entelequia a la que llegamos como seres morales, y el Positivo son únicamente las normas traspuestas al ordenamiento jurídico (obviamente, el Derecho Natural tiende a positivizarse, y como gran ejemplo tenemos la Carta de Derechos Humanos). Para el personaje de Gerard Butler, la justicia hubiese consistido en la pena de muerte, solución factible en los Estados Unidos. En contra de ésta (que por cierto viene muy a colación debido a la próxima modificación de nuestro Código Penal español, con la que presumiblemente se introducirá la Cadena Perpétua Revisable), mucha gente habla del famoso derecho a la vida, que no es más que un derecho moral o natural, argumentando que el Estado debe proteger a sus ciudadanos ante todo, negándosele toda capacidad de ejercer violencia o matar a quienes viven en él. Posición que, aunque lógica, se respalda completamente en un deber ser que puede interpretarse de mil formas distintas. Gerard Butler desafía este sentir colectivo con uno mucho más profundo y humano: la ley del Talión. Un ejercicio muy importante que deberíamos hacer ahora sería reflexionar con nuestro fuero más interno, ponernos en la situación que aquí se describe, y pensar qué sería para nosotros justicia: ¿unos años de cárcel o la vida? ¿Perdonamos, o hay cosas que no se pueden olvidar? Entonces, ¿por qué algunos Estados, al erigir su potestad punitiva, deciden dejar de lado este sentimiento tan humano por proteger otro derecho tan ideal? La respuesta más sencilla consiste en argumentar que el Estado, a través del Derecho, debe ser ‘superior’ a la comunidad que protege. Por ello, la pregunta a la que no encuentro respuesta es si resulta que somos una sociedad hipócrita (“yo lo haría, pero de cara a los demás digo lo contrario y por eso niego que el Estado pueda matar”), o si bien el Estado garante está de facto por encima de nuestra razón moral.

En la Facultad de Derecho hemos debatido recientemente dos autores contemporáneos que han intentado aunar en un sólo concepto positivista las implicaciones de la moral social: son Hart y Füller. El primero, habla de un contenido mínimo de Derecho Natural dentro del Positivo en el momento de su creación. Es interesante porque, a partir de la asunción de que todo ser viviente tiende a la supervivencia, podremos definir lo que es bueno o malo según la asegure o no. El segundo, por su parte, habla de una moralidad interna del Derecho, creyendo que el sistema será justo en tanto asegure ocho elementos para él determinantes (generalidad, claridad, irretroactividad, coherencia, publicidad, posibilidad de cumplimiento, estabilidad de las normas y congruencia entre las normas y su aplicación). Más allá de esto, sería iluso y hasta peligroso concebir hoy en día la influencia moral en el derecho con una graduación superior a la que proponen estos filósofos. Esto nos sitúa en otra encrucijada: ¿cómo limitar la influencia de conceptos morales en el entendimiento de la justicia? Seguramente ello sea imposible, aunque muchos han trabajado en este campo. O visto de otra forma, ¿cómo definimos y concretamos estos conceptos etéreos? Todos tenemos derecho a la vida, pero, ¿hasta qué punto? Por ejemplo, tras un naufragio, ¿sería legítimo que, con base en la supervivencia, uno de los del bote salvavidas, el más débil, fuera sacrificado en pro del resto de la tripulación? Situaciones en las que se pone en duda esta afirmación absoluta hay muchas y, aunque no nos atrevemos a poner unos límites, está claro que no debemos tomarnos el como si como una verdad sine qua non.

 

 

 

 

 

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