Venezuela, “1984”. Cuando la realidad iguala la ficción.

Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el autorebajamiento.
George Orwell (1984)

La novela “1984” nos traslada a un Londres sumido en un régimen totalitario que está dirigido por un único omnipotente y omnipresente aparato político, el Partido. En este mundo orwelliano, la población -especialmente, los ciudadanos de clase media, y dentro de ésta, los burócratas- es víctima de constantes lavados de cerebro que arrancan el sentido crítico de las personas y las aplatanan para que acepten la opresión, la vulneración de sus derechos y libertades y los sinsentidos y contradicciones del Partido. Con un férreo control físico y sobre todo psicológico, el Partido naturaliza la represión y la vigilancia hasta tal punto que la población cree que el status quo es lo natural y deseable. 1984 narra las peripecias de Winston Smith, un sagaz funcionario que abre los ojos y ve que durante toda su vida ha sido una marioneta del régimen.
En su novela, Orwell lleva al extremo el modus operandi de los regímenes dictatoriales, y lo hace hasta tal punto que parece que las estrategias políticas empleadas por el Partido sean pura ciencia-ficción. No obstante, leyendo la obra se pueden encontrar bastantes similitudes con la dictadura leninista, o con la que actualmente están viviendo en Corea del Norte.
Pero como veremos a continuación esas prácticas de control descritas por Orwell no son utilizadas exclusivamente por dictaduras descaradas, pues existen pasajes emblemáticos de la novela que bien podrían estar haciendo referencia a la situación actual de países con una más que dudosa democracia, como es el caso de Venezuela.

Los descontentos producidos por esta vida tan seca y poco satisfactoria son suprimidos de raíz mediante la vibración emocional de los Dos Minutos de Odio
Este fragmento de 1984 se refiere a los Dos Minutos de Odio, momento en el que se retransmiten en enormes pantallas imágenes y vídeos de Goldstein, un personaje declarado enemigo público y acusado de conspirar contra el Partido y contra el Gran Hermano. El objetivo de esta rutina diaria es que la gente focalice y descargue contra Goldstein la frustración provocada por la represión y la mala praxis del Partido, y desviar así su atención de los verdaderos problemas del país.
La búsqueda de un chivo expiatorio es una manía de la que pecan la mayoría de gobiernos. En Venezuela, Hugo Chávez no se cansaba de presentar a Estados Unidos y a los “gringos capitalistas” como el enemigo público número uno del país y fuente constante de los problemas, cuando en realidad el origen de los mismos se encontraba y se sigue encontrado en territorio nacional -concretamente en el Palacio de Miraflores. ¿Ejemplos recientes de esta técnica culpa-de-todo-a-tu-enemigo? Que Nicolás Maduro culpara públicamente a Estados Unidos de la crisis económica de Venezuela, de la violencia juvenil -en este caso, el culpable es Spiderman-, o incluso de la muerte del Comandante.
Con Estados Unidos como enemigo público, el gobierno venezolano consigue cierta estabilidad social, evita revueltas y desvía la atención de los verdaderos problemas que sufre Venezuela: la violación de la libertad de expresión del pueblo mediante una censura sistemática, la corrupción que impide el ejercicio igualitario de derechos como el acceso a la justicia, la expropiación injustificada de empresas extranjeras que desincentiva la inversión en el país o el racionamiento de las divisas que provoca un desabastecimiento de materiales esenciales como el papel.
Por tanto, este ensañamiento contra Estados Unidos, así como su otra cara de la moneda, la victimización de Venezuela, no es más que una bomba de humo para cegar y confundir a los oyentes de Maduro. Y es que si creas un enemigo, harás que el pueblo necesite un protector. Desgraciadamente, en este caso el protector es en realidad el verdugo.

Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo
Los gobiernos totalitarios tienden a reescribir la realidad según les convenga y a sustituirla por sus propias verdades diseñadas a medida. Y poco importa lo surrealistas e inverosímiles que parezcan, pues sin un contrapoder fuerte y organizado y sin medios de comunicación libres y neutrales, se amputa el sentido crítico de los ciudadanos y se les ahoga en el miedo, dejándoles incapaces de contrastar la veracidad de la propaganda política. En estas situaciones, es fácil que el instinto humano de adaptación y de supervivencia social nos lleve a resignarnos e incluso a aceptar aquello que se nos diga.
No es ningún secreto que Maduro mantiene una política de censura y sanción contra los medios de comunicación contrarios a su gobierno. De hecho, la censura queda amparada por el sistema legal venezolano –la legislación es cuestión de interpretaciones- y el gobierno justifica la misma en el precepto 27 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos, según el cual “en los servicios de radio, televisión y medios electrónicos, no está permitida la difusión de los mensajes que […] fomenten zozobra en la ciudadanía o alteren el orden público.”
Un ejemplo de lo anterior es el caso de Globovisión, cadena a la que se sancionó el pasado mes de octubre por informar sobre el desabastecimiento constante que padecen los ciudadanos en Venezuela, o la amenaza a los medios de comunicación que hizo el 11 de febrero de 2014 el Directorio de Responsabilidad Social en Radio y Televisión por la cobertura de las protestas en Venezuela.
De nuevo, la falta de acceso a información neutra sumada a los constantes bombardeos publicitarios del gobierno aturden el sentido crítico, y sin sentido crítico, puede llegar el día en el que los ciudadanos se vean forzados a creer que dos y dos suman cinco.

Hasta que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Ese es el problema
El letargo mental, el miedo y la corrupción me parecen tres de los factores más importantes que explican que gobiernos como el de Maduro se perpetúen en el poder.
En el caso de Venezuela, el primero porque algunos verdaderamente se creen las patrañas del gobierno; el segundo, porque los que no se las creen pueden estar asustados por las consecuencias materiales que podría acarrear su rebeldía; y el tercero, porque Maduro mima ciertos sectores para que le respalden, vitoreen y “legitimen”.
Como manifiesta Orwell en esa frase de su novela, es necesario que los venezolanos sean completamente conscientes de que el poder lo tienen ellos, y de que ellos son los que pueden echar al gobierno de su trono de impunidad. Pero es cierto que mientras que desde el exterior puede resultar fácil ver que hay una cúpula sobre Venezuela, para los que están dentro, distraídos por el gobierno y acostumbrados a las mentiras que resuenan, es más difícil darse cuenta y escuchar los gritos del exterior.
En mi opinión, el apoyo internacional y la generación de un debate que movilice con más fuerza al pueblo venezolano son herramientas vitales, de manera que se despierte el sentido crítico de los que se encuentran adormecidos en las mentiras de Maduro y que brinde coraje para que aquellos con miedo se levanten.
En una realidad idílica, 1984 sería una novela de ciencia-ficción, pero todos sabemos que el mundo dista mucho de ser justo y perfecto. No obstante, aunque como sucede en Venezuela el letargo mental, el miedo y la corrupción son grandes trabas en el camino, las últimas noticias muestran que muchos venezolanos están caminando, protestando para que se respeten sus derechos y se acabe con la impunidad, para que los medios de comunicación sean libres y neutros, para que la información pueda fluir en Venezuela, para que el cambio llegue a su culminación.

Un artículo de Sara-Mihoko Kamo Mora

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